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La ansiedad: síntoma de la batalla entre el deseo y el deber

By 24 noviembre, 2014 No Comments
En todos nosotros se desarrolla una batalla interna que puede llegar a generarnos ansiedad.

Existe una lucha interna en todos nosotros que enfrenta nuestros deberes con nuestros deseos.

Nuestros deberes son definidos por nuestro entorno, desde incluso antes de nuestro nacimiento, y los asumimos de forma progresiva y natural, pasan a formar parte de nuestra realidad, de como son las cosas.

Vamos relegando en cambio nuestros deseos en la medida que éstos se contraponen a nuestros deberes: el deber es lo primero, el placer después. Así, vamos dejando de manifestar nuestras necesidades, instintos o deseos, tal y como lo hacíamos durante la infancia: inmediata y sencillamente.

Cuando éstas dos facetas fuertemente instaladas en nosotros entran en conflicto de forma clara aparece la ansiedad. Nuestra necesidad nos apremia mientras que nuestro deber nos reprime.

Por ejemplo no expresamos lo que pensamos realmente en las reuniones, no mostramos que necesitamos afecto o apoyo, sacrificamos nuestros planes por los de la familia, o amigos, o no pedimos ayuda para no mostrar nuestra debilidad…

El estrés como disparador de la ansiedad

Vivir en sociedad comporta acatar una serie importante de convenciones culturales que garantizan nuestra integración. Por ello se surge y se transmite eficazmente aquello que es el deber. Pero nuestros deseos deben de tener su espacio y si no lo tienen, van a buscarlo por su cuenta, provocándonos malestar.

Durante las etapas en las que nos vemos atrapados por el estrés, o nuestra vida sufre un cambio importante, una ruptura, el nacimiento de un hijo, la pérdida de un ser querido, un cambio laboral… la ansiedad aflora y nuestro sistema nervioso se ve sometido a un nivel de activación inusual que se plasma en multitud de signos físicos, cognitivos y emocionales.

El cuerpo y la mente, no sólo están preparados para asumir un cierto nivel de ansiedad, sino incluso se considera adaptativa, como un recurso para la supervivencia y la superación de situaciones complejas puntuales. Pero, ¿qué ocurre cuando el estado de ansiedad se alarga en el tiempo? Que nuestro estado físico, psíquico, emocional da paso a una serie de conductas (los signos son muchos y diversos) que no podemos controlar ni evitar y que nos hacen experimentar lo contrario de lo que pretendemos: ni control, ni bienestar.

La ansiedad como un aviso para escuchar

Pero la ansiedad en sí, como apuntábamos antes, no es un mal en sí mismo sino un síntoma, una alarma que se dispara para poner nuestra atención en un proceso que sí nos está perjudicando.

 

Nuestros deberes y deseos se enfrentan, y la ansiedad nos invade por que no hacemos lo que deseamos ni deseamos lo que debemos hacer.

 

En la terapia Gestalt proponemos un espacio de encuentro entre éstos dos aspectos que forman parte de nosotros tan íntima y necesariamente. No se trata de acallar o atajar el síntoma por qué nos es desagradable, sino al contrario, de dejar de evitarlo, de escucharlo para discernir qué deseo o necesidad estamos ignorando, puede que de una manera tan continuada que ya no podemos identificar con claridad su origen, que ya no forma parte de nuestro consciente. Por que el forcejeo por evitar el dolor nos genera sufrimiento y es la batalla por alejarnos del síntoma lo que nos acerca paradójicamente más al malestar y al sufrimiento.

 

La terapia Gestalt no se centra en modificar a la persona, sino en que ésta modifique su propio contexto, nuestra manera de vivir siendo uno mismo, tal y como somos, pero más apoyados por nuestras aptitudes, dándonos permiso para vivir emociones que no nos son agradables, por que las experiencias humanas están repletas de ellas.

 

Nuestra resistencia inconsciente a asumir la realidad tal y como es y a desarrollar un espacio propio en esta realidad provoca un choque entre las facetas internas. Cuando entendemos que ni podemos, ni debemos escapar, dejamos atrás la ansiedad que nos provoca el hecho de no dejarnos ser nosotros mismos, con autenticidad, responsabilidad y serenidad.

 

Las consecuencias positivas de armonizar deseo y deber, no sólo nos hace convivir positivamente con la ansiedad, cuando ésta nos aporta un rendimiento más alto en momento puntuales de necesidad, sino que nos hace resilientes y más flexibles para vivir los cambios constantes que se dan en nuestra vida.

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