Crecimiento personal

Cuando la vulnerabilidad es una fortaleza

By 22 abril, 2014 One Comment

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Conectar es probablemente el objetivo más importante en la vida de cualquier persona. Es parte de nuestra naturaleza, tenemos necesidad de los demás.

Es lo que buscamos con más ahínco desde la infancia aunque, a menudo, tomamos el camino más complicado y menos efectivo para conseguirlo. Porque el camino que más deseamos recorrer es el que más nos aterra: ser nosotros mismos.

Construimos desde niños, piedra a piedra, una fortaleza donde esconder nuestro yo íntimo, que creemos frágil y poco merecedor de afectos.

Así que lo que mostramos a nuestro entorno son las murallas de ésta ciudadela que hemos creado, convencidos de que así llegamos a los que queremos, pensando que proyectamos algo mejor que nosotros mismo. Nos adaptamos a un montón de prejuicios y estereotipos de cómo se supone que debemos actuar o pensar, de lo que es conveniente en todos los roles sociales que desempeñamos: familiares, laborables, con los amigos…

La vida da vueltas, los roles cambian y evolucionan y la tarea de construcción y  reconstrucción de las defensas es constante, interna y externa, se automatiza o reclamando a veces toda nuestra atención, angustiándonos y relegando cada vez más a nuestro yo auténtico, ese que es lo que es, ese que somos sin juicios, sin maquillaje ni remedio.En nuestro deseo de conectar, de ser aceptados, amados, comprendidos, escuchados y acogidos, trabajamos incansablemente para acercarnos más a los demás convirtiéndonos alguien que estamos convencidos les que gustará más.Pero cuanto más elaboramos una imagen prefabricada de nosotros mismos,  más nos alejamos de la posibilidad de entablar una relación interpersonal real y auténtica, lo que nos hace sentir incomprendidos y solos, que no somos suficientemente buenos. Y nos ponemos a levantar nuevos muros, alejándonos más y más de la conexión que tanto deseamos. Crece la distancia interpersonal, cada vez es más difícil reconocernos en nuestros propios actos o palabras. Al fin sí está justificado el sentirnos solos y frustrados, ya que en cierta medida lo estamos.¿A qué tememos tanto? ¿Mostrarnos vulnerables, tal y como somos, es tan terrible como lo creemos?Todo lo contrario. Solemos confundir vulnerabilidad con debilidad y no son lo mismo.Mientras que la debilidad es una carencia física o emocional, reversible muchas de las veces, la vulnerabilidad es un estado: tener la guardia baja, la puerta abierta, la ventana sin cortinas. Es en realidad la única vía a nuestro interior real. ¿Para qué tantas molestias por camuflarnos si lo que deseamos, más que cualquier otra cosa, es que nos quieran justamente por lo que somos?Mostrarse vulnerable es mostrar autenticidad, madurez, autoconocimiento y valor. Porque no es posible tener el control absoluto sobre nuestros sentimientos, pensamientos, enfados, frustraciones, inseguridades o sobre aquello que despertamos en los demás.Y, paradójicamente, cuanto más vulnerables nos mostramos, más sinceridad recibimos, nuestro entorno baja también sus defensas, los miedos de unos y otros se reducen, la autoestima aumenta. Al sentirnos queridos por lo que somos realmente, con todas nuestras imperfecciones, que al final resulta que ni eran tantas ni tan horribles, ocurre lo que buscábamos en nuestro fervor por edificar una fachada atractiva: sin darnos cuenta conectamos con los demás.Con el maravilloso efecto colateral de conectarnos, al mismo tiempo, con nosotros mismos. Y viceversa.

Lo que soy bastaría, si lo fuera abiertamente”  Carl Rogers

A continuación encontrarás una charla amena e inspiradora de la investigadora social Brené Brown sobre la vulnerabilidad y la fortaleza que reside en ella. ¡Merece la pena!

¿Qué añadirías a éstas reflexiones? ¿Qué te parece más llamativo de las investigaciones de Brené Brown?

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