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Solemos pensar en la valentía como un atributo, como si de una característica de nacimiento más se tratara: tienes el pelo rubio, la piel morena, las manos grandes y eres valiente. Pero el valor viene a ser como el color negro: en realidad el negro no existe, es la ausencia misma de color. Así el coraje no existe en sí mismo, es actuar a pesar del miedo, olvidando por un instante que existe.

Cuando nos comparamos con los demás tenemos la sensación de que las personas a nuestro alrededor parecen carecer por completo de miedo. Puede que lo sufran en menor grado que nosotros mismos, o que sencillamente lo oculten muy hábilmente a ojos ajenos… O simplemente, puede que su entrenamiento personal para actuar a pesar de sentirlo sea mayor.

No podemos hacernos responsables de todos los productos de nuestra mente, de las predicciones catastróficas sobre nuestro futuro que, en cuanto concebimos un nuevo proyecto, atacan nuestro ánimo. Pero sí podemos responsabilizarnos de la gestión de nuestras ideas y, sobretodo, de nuestras acciones. El coraje es sencillamente actuar, a pesar los mensajes internos y externos que nos advierten prematuramente del fracaso, del ridículo, de la decepción, de la pérdida… Mensajes que, mirados con la debida distancia, no tienen más peso ni credibilidad que los que nos incitan a comprar lotería, porque esta vez sí, esta vez nos toca o a estar seguros que si nos ponemos la camiseta de nuestro equipo ganará el partido.

No hay nada malo en alojar éstos pensamientos en nosotros, pero es importante no perder la perspectiva: no son más que producciones de nuestra mente, no hechos reales constatados. Pensar en las consecuencias de nuestros actos es no sólo positivo, sino necesario: puede ayudarnos a esclarecer nuestros objetivos, definir estrategias personales, trabajar nuestras actitudes y reforzar algunas de nuestras aptitudes. Tan poco saludable es afrontar nuestros deseos y retos como un kamikaze, a sabiendas de que nos lanzamos a un fracaso seguro, como paralizarnos frente a futuros imaginarios.

¿Qué suele ocurrir cuando, nos atrevemos a actuar a pesar del miedo? Puede que en efecto, lo que ocurra no sea lo que deseábamos que ocurriera. Pero ¿ha sido tan terrible? ¿Ha ocurrido algo de lo que no podemos recuperarnos, algo de lo que no podemos aprender nada? ¿Algún mal irreparable?

Todos podemos recordar alguna situación que hubiéramos querido eludir, evitar, que la tierra nos tragara… Y suele pasar que, desde el presente, nos hace gracia rememorar nuestros nervios por el examen de conducir, el primer día en la facultad o en un nuevo trabajo… Probablemente no lo hicimos tan bien como lo haríamos ahora porque ¡era imposible! Nuestra inseguridad en aquellos momentos estaba justificada por nuestra edad, por nuestra inexperiencia, por nuestras circunstancias personales del momento… no por quien éramos y somos, sino por la preparación que teníamos en ese momento para afrontarla. Y lo hicimos, a pesar del miedo, lo hicimos.

Tememos que se cumplan nuestros peores pronósticos… ¿Pero no resulta más aterrador vivir una situación que nos hiere o que no nos aporta nada en el mejor de los casos? ¿No es terrible condenarnos a priori y de forma voluntaria a dejar de avanzar, a dejar de aprender, a dejar de trabajar por conseguir metas que son importantes para nosotros, prefiriendo el confort de nuestra jaula conocida que el cielo por conocer?

 

2 Comments

  • Lo realmente complicado es dejar de lado todas nuestras influencias. Obviar los consejos de nuestros padres, familiares, las palabras de nuestros amigos, la experiencias de personas que lo han intentando antes que nosotros e incluso de nuestros propios saboteadores internos.
    Embarcarse en un proyecto que a priori no tiene el apoyo de la gente que te rodea es muy duro, pero ahí es dónde tiene que actuar nuestra convicción y nuestras creencias en nosotros mismos. Tal vez no lo consigamos, pero sin duda intentarlo valdrá la pena. Quizás no debamos concentrarnos en el éxito final, sino en lo que podemos aprender por el camino

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