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El duelo: contacto con el vacío

By 4 junio, 2014 3 Comments

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La muerte es un impacto.

Tarde o temprano todos vamos a tener que enfrentarnos a la muerte de alguien a quien queremos.

Y las consecuencias que éste impacto va a tener en nuestras vidas son muy difíciles de prever.

Las personas somos un todo físico, psicológico y social en constante movimiento, cualquier cosa que ocurra en nuestras cercanías va a encontrarse con un yo fundamentalmente igual, pero circunstancialmente diferente a cada instante.

La muerte activa un freno de emergencia en el tren nuestro de cada día. En nuestro cotidiano damos por hecho que el sol saldrá por el este, que el agua fluirá al abrir un grifo, que nuestro coche estará donde lo dejamos, que el edificio donde trabajamos seguirá en su sitio y que las personas que amamos, aunque las sabemos mortales, estarán aquí éste hoy, un día más en éste mundo, junto a nosotros aunque sea en la distancia.

Todo se para en ése instante en el que de una manera u otra llega a nosotros la noticia: ha muerto.

“La elaboración del duelo significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida de lo que no está, valorar su importancia y soportar el sufrimiento y la frustración que comporta su ausencia.”

Jorge Bucay

Miles de factores influirán en cómo va a ser el impacto sobre nuestras emociones, así que existen infinidad de reacciones frente a la pérdida. Pero la necesidad de confrontarnos a la ausencia, como dice Bucay, es común para todos. El vacío se hace presente y nos desconcierta, como si un día el sol apareciera por poniente.

El dolor es inevitable y puede manifestarse con intensidad: tristeza, apatía, insomnio, astenia, falta de apetito, labilidad, dificultades de concentración, ruptura de las relaciones sociales, ansiedad…

Es éste un dolor de los que más rápidamente se convierte en sufrimiento, dejándonos impotentes frente al vacío. Y como si de una manera de retener a la persona que hemos perdido se tratara, nos aferramos al duelo, nos instalamos en él, bloqueando el proceso que es sí mismo.

Es difícil abandonar la culpa de seguir vivo, de no haber podido evitar ésa muerte, de no haber hecho más cosas o mejores para ésa persona, de no haber dicho o callado más… Puede ser difícil de soportar el recuerdo constante de lo que hicimos, lo que deseamos, lo que soñamos juntos.

Sufrir es una manera de retener. Recordamos la presencia volviendo una y otra vez a la ausencia.

Hemos oído tantas veces manidas frases cómo “hay que seguir adelante”, “hay que superarlo”, “no es el fin del mundo”…

Pero lo cierto es que sí lo es, es el fin del mundo tal y como ha sido durante un tiempo. Un paso importante es dejar que las cosas se muestren como son, con sus nombres y apellidos: el dolor duele, quien quiera comprendernos así lo sabe. El dolor no desaparece de un día para otro, quién quiera ayudarnos estará a nuestro lado el tiempo necesario. El dolor no se escoge, quién quiera apoyarnos no nos exigirá que no lo sintamos.

Hay que volver, sin prisa pero sin pausa, a acompasarnos con el mundo, con las personas que nos rodean a las que también amamos, a conectarnos de nuevo con lo que nos gusta, lo que disfrutamos y con nosotros mismos, a poder ser en primer lugar, siempre merecedores de nuestra propia comprensión, paciencia y estima, y pocas veces receptores de ellas.

La terapia Gestalt nos acompaña en las facetas difíciles, facilitando la visibilidad de lo que queda oculto, para acompañarnos en nuestro propio proceso, ayudándonos a superar el sufrimiento que no es necesario y a aceptar el dolor, que es inevitable, y con el tiempo recomponernos y seguir en la vida, con todo lo que ello implica.

 

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