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El peso de la culpa

By 5 mayo, 2016 One Comment

La culpa es una construcción humana compleja intrínseca a la extensa mayoría de las personas. De hecho su completa ausencia se asocia a menudo con una conducta poco sana. Parece pues que lo esperable en el ser humano es que reaccione a sus errores cuando nuestra conducta ha perjudicado directamente a otra persona, esta reacción puede estar ligada a nuestra capacidad para empatizar. Estamos de acuerdo con la terapia Gestalt en que es preferible hablar de responsabilidad personal en lugar de culpa, aunque queremos indagar un poco más en aquello que llamamos culpa.

Lo que llamamos culpa en cada uno de nosotros tiene que ver en realidad con alguna emoción o emociones que estamos sintiendo. Vivimos integrados en diversos sistemas: familiares, sociales, laborales… que se rigen por su propio código de conducta, en el que existen reglas, normas y valores que se supone deben ser respetados y reservados si queremos estar o seguir integrados en él. Y más allá de lo externo están nuestras propias reglas, nuestras propias expectativas sobre lo que es correcto o incorrecto en los demás y en nosotros mismos.

Somos conscientes que hablamos de culpa cuando erramos en cumplir con los códigos externos o internos y a menudo “nos sentimos culpables” cuando el propio sistema externo nos hace saber que hemos actuado más allá de los límites establecidos.

¿Vino para quedarse?

Eso que llamamos culpa es siempre un proceso individual e interno y es a ese nivel que tenemos que procesarlo. No solo aparece por juicios externos: nuestro juez más despiadado acostumbramos a ser nosotros. Nuestra autoimagen se construye en parte sobre lo que éticamente nos permitimos y lo que no nos permitimos, según nuestro propio sistema de valores.

No es poco frecuente encontrarnos en la situación de que la culpa se convierta en una tortura, cosa que bloquea las posibilidades de toma de conciencia y crecimiento que puede aportarnos. Es conveniente tomar distancia tanto de lo ocurrido como de las emociones que nos ha generado, el pasado ya fue, no podemos modificarlo, pero sí el presente, aquí y ahora, y es ahora cuando podemos ponernos en disposición de aprehender lo ocurrido, darnos cuenta de cómo hemos actuado y asumir la responsabilidad de lo que necesite ser reparado o compensado.

Aprender de nuestra culpa

Las emociones son por definición subjetivas, así que una vez nos damos cuenta de cuál ha sido nuestro error y sus consecuencias podemos indagar más allá: ¿por qué he estado en conflicto con los valores establecidos? ¿Por qué siento malestar? Y solo nosotros podemos dar respuesta a estas preguntas: hemos herido a alguien que apreciamos, hemos causado alguna decepción, hemos dejado al descubierto una faceta de nuestro ser que queremos mantener oculta, nos hemos rebelado contra algo que hace ya tiempo que no nos hace sentir bien…

Provenga de donde provenga, eso que llamamos culpa podría ser un lugar de paso, a veces inevitable, que nos ayude asumir nuestra responsabilidad, las emociones que aparecen merecen ser sostenidas con toda nuestra presencia, pero también es necesario seguir adelante. Ninguna emoción viene para quedarse, ya sea placentera o desagradable, vienen a contarnos una parte de la historia, de la nuestra y aferrarnos a ellas nos acaba provocando sufrimiento.

Cuando nos sentimos atrapados en “la culpa” no somos capaces de cambiar ni asumir nada, es  un juicio que se perpetúa sin llevarnos a ninguna resolución. Aceptar lo ocurrido, las emociones que nos ha generado, tomar conciencia y responsabilizarnos de todo el conjunto en su justa medida, nos acercará a nosotros mismos de una manera más sana y más sabia.

Y cuando aquello que llamamos culpa ha cumplido con su misión podemos hacernos responsables y por tanto más libres y decirle adiós, hasta la próxima.

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