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Angustia: la brecha entre el ahora y el después

By 10 febrero, 2015 One Comment

El ser humano ha vivido siempre al ritmo que le ha marcado la vida, en el amplio sentido de la palabra: las estaciones, las cosechas, los ciclos lunares, las gestaciones, las migraciones, el deshielo… desde siempre, las cosas ocurren cuando es el momento, a su debido tiempo y el ser humano no ha tenido más remedio que esperar, o actuar con celeridad según fuera lo conveniente.

El desarrollo de la ciencia y la tecnología nos han permitido reducir algunos tiempos, incluso atajarlos, lo que ha ido reduciendo nuestra capacidad de ser pacientes drásticamente. En el caso de la medicina, nos hemos habituado a disponer de algún medicamento efectivo contra prácticamente cualquier dolor, por leve que sea.

Cuando sentimos un malestar, ya sea físico o emocional, nuestra primera y sana reacción es la de querer dejar atrás ese desasosiego cuanto antes. Pero ocurre que, paradójicamente, lo que tomamos por una dolencia que debe desaparecer, muchas veces es un síntoma de que algo más profundo se está desarrollando -o justo lo contrario- en nosotros.

Qué nos pasa?

En el caso de la angustia, quien la haya sufrido en cualquier intensidad lo comprenderá de inmediato, el deseo de dejarla atrás es imperioso. La angustia puede afectarnos enormemente, por eso comprender de dónde surge puede ayudarnos a dirigir nuestra mirada hacia el lugar de dónde procede, y tomar conciencia de lo que nos está afectando.

La angustia puede surgir a causa de una interrupción, un corte entre una necesidad propia que por una u otra razón, no llegamos a satisfacer y a veces ni la llegamos a manifestar. Tenemos integrados multitud de mecanismos para defendernos, que desarrollamos al lo largo de la vida, y refrenan las expresiones de nuestra propia voluntad. Tenemos miedo, ya que tal vez en algún momento, expresar nuestros deseos con franqueza y confianza fue penalizado por nuestro entorno y aprendimos a mantener estas exteriorizaciones bien controladas. A desatendernos a nosotros mismos, por miedo a lo que pasará.

Eso es lo que quiere decir Fritz Perls cuando afirma -el título de este post son palabras suyas- que la angustia es la brecha que existe entre el momento presente y el después.

Pongamos un ejemplo: no manifestar nuestro enfado cuando lo sentimos. No significa que debamos hacerlo de cualquier manera, en cualquier momento, pero si algo nos hace sentir mal, lo más lógico sería ser capaces de transmitirlo, buscando el momento, el lugar y la forma adecuados. Pero si a lo largo de los años hemos manifestado nuestro enfado, y la respuesta que hemos recibido ha sido que le han quitado importancia o nos han reprendido, puede que hayamos decidido que es mejor no manifestar ni mostrar nuestro enfado. Situados en la brecha entre el ahora y el después, podemos fantasear todas las críticas, toda la decepción y todo el desamor que nuestro enfado podría provocar. Así que cogemos nuestro indeseable enojo y lo desterramos, bien reprimido, al fondo de nuestro desván emocional.

Lo más complicado es llegar a arrojar luz sobre la procedencia de la angustia, ya que a lo largo del tiempo se diluye el origen, dejando apenas una pistas que podamos seguir para poner nuestra conciencia y responsabilidad en la realidad: cuáles son nuestras necesidades, qué mecanismos hemos desarrollado para mantenerlos bajo control, como son los estados de angustia que me generan y cuando surgen.

La angustia, como la brecha entre el ahora y el después que plantea Fritz Perls, sólo tiene un modo de cerrarse: estando presente. Si estamos en este momento y aquí, si no nos vamos a momentos futuros, ni empezamos a imaginar las consecuencias de nuestros actos genuinos y espontáneos… ¿qué queda, qué aparece, qué hay?

Pues nada más ni nada menos que un acto genuino y espontáneo, una manifestación auténtica del ser que somos, sin manipular por expectativas externas ni internas, siendo tal y como somos. Tenemos permiso para ser, más allá de la espesura del miedo, tenemos la fuerza del amor hacía nosotros mismos y hacía aquello que nos rodea. Despejar y limpiar las defensas que monta el miedo, nos ayuda a mirar más con el corazón tranquilo en el presente.

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