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Cuando el apego nos posee

By 28 junio, 2017 No Comments

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En la cultura occidental, conocemos el concepto de apego sobre todo en lo relativo a la relación que se establece entre madre e hijo. Pero también es, por ejemplo, una idea central del budismo en el sentido de posesión y, yendo algo más allá, denota también una bidireccionalidad. Es decir, no se trata solo de poseer sino también de la necesidad de conservar indefinidamente aquello que poseemos. Pero ¿es real esta necesidad?

Vivimos en un modelo social que nos genera necesidades a cada momento, en el que se nos transmite la convicción de que se si no tenemos esto o aquello, no somos personas completas, no podemos ser felices, no encajamos… pero estas necesidades se crean artificialmente desde el exterior y, quizás, sería más apropiado nombrarlas deseos. Y no poder acceder a nuestros deseos nos genera frustración y malestar.

En esta identificación de los deseos con las necesidades acabamos por darle la espalda a nuestras necesidades reales y seguimos batallando por conseguir satisfacer nuestros deseos que, por otro lado, nunca dejan de surgir, ya que no nos satisfacen plenamente y seguimos en la búsqueda de la plenitud fuera de nosotros, perpetuando el ciclo de frustración ya sea en el proceso de conseguirlo o en la inesperada insatisfacción una vez lo hemos logrado, acompañado del miedo a perderlo.

El apego es el afán por conseguir y poseer en exclusiva algo con el convencimiento que, sin ello, no vamos a poder ser felices, lo que genera en nosotros una profunda inquietud por conservarlo. Al atribuir nuestro bienestar a algo que podemos poseer, y por lo tanto perder, activamos nuestros mecanismos de defensa. Al mismo tiempo, al no atender nuestras necesidades internas, no conseguimos el bienestar que tanto ansiamos y seguimos buscándolo en elementos externos, en un bucle agotador.

El apego es también la búsqueda de la seguridad a través del control. Creemos que poseyendo ciertas cosas tendremos un bienestar estable. Pero las circunstancias son siempre inciertas y, al centrarnos en controlarlas, nos olvidamos de poner la atención en nuestras capacidades, desconfiando de nuestra propia capacidad de responder a la situación que se nos presente y, cuando esta llega, nuestra falta de confianza quizás nos juegue una mala pasada.

Vivir sin ningún tipo de apego es muy complicado, principalmente por nuestra identificación con el ego y por la falsa convicción de que podemos controlar nuestra vida y nuestras relaciones. Pero tomar conciencia de nuestra actitud es el principio para un viraje hacia nuestro propio bienestar.

Tomar conciencia de que nuestros deseos no son siempre reflejo de nuestras necesidades, aceptar que no podemos controlar todo lo que nos sucede, confiar en nosotros mismos y en nuestra propia capacidad para resolver nuestras circunstancias vitales, vivir plenamente aquí y ahora… son estas actitudes las que, conforme ganan terreno, nos proporcionan bienestar y nos alejan de intentar satisfacer un deseo que nunca mengua ya que la satisfacción está constantemente en un futuro que no podemos atrapar.

Cuando progresivamente intentamos dejar de poseer vamos perdiendo también el miedo a perder, lo que nos libera de esta búsqueda infinita del bienestar fuera de nosotros y podemos centrarnos en nuestras necesidades verdaderas y en las capacidades que ya se encuentran en nosotros.

Mientras que el apego malmete nuestra confianza el desapego nos abre la puerta a la confianza en nosotros mismos y a la libertad. Mientras que el apego es posesión, el desapego es genuino amor y crecimiento. Nuestros psicólogos en Barcelona pueden ayudarte, tienes una primera visita gratuitai. Perla cuando quieras.

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