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Aunque nos percibamos como personas objetivas, la subjetividad es inevitable. Cada uno de nosotros observamos la realidad, y todo aquello que la conforma, desde nuestro propio punto de vista el cual se ha construido en base a la cultura y valores que se nos han transmitido desde la familia en primera instancia, y desde nuestro entorno social.

Formamos parte de diversos sistemas y subsistemas de interacción con los que estamos comprometidos, muchas veces, sin ser conscientes de ello. Nos vemos inmersos en la escala de valores de cada uno de estos entornos de interacción y, de todas ellas, conformaremos la nuestra propia.

Llevamos a cabo nuestras acciones diarias y tomamos decisiones en función de nuestra escala de valores, es decir, de cómo creemos que son las cosas. Y según estos parámetros clasificamos lo que vemos o vivimos como positivo o negativo, bueno o malo. Nuestra visión subjetiva no sólo nos indica cómo son las cosas sino también, y no menos importante, como deberían de ser.

Así pues, es frecuente que entremos en conflicto con los demás a causa del choque entre nuestra particular visión de la realidad y de cómo debería de ser. Y es de nuestra perspectiva que surgen los juicios y las críticas a los demás e, incluso, el empeño por modificar la perspectiva que los demás tienen, llegando incluso a posiciones irreconciliables por defender “la verdad”, “nuestra verdad”.

Juzgamos como buenas o malas ciertas circunstancias, actitudes y, en el peor de los casos, generalizamos nuestro veredicto. Así, de la manera de actuar que nos desagrada de una persona acabamos etiquetando a la persona como ‘mala’ o de una circunstancia negativa acabamos valorando que nuestra existencia es infeliz.

Dejar de interpretar la realidad

Pero el simple hecho de plantearnos si nuestra visión de la realidad es la única adecuada, es ya una puerta abierta a la diversidad de perspectivas posibles y a tomar conciencia de que existen tantas como personas. Esta fisura en nuestras monolíticas creencias puede significar un cambio radical y permanente y que nos sea más sencillo empatizar con el los demás y atisbar una escala de valores distinta a la nuestra tras sus actitudes, sin que sintamos esta diversidad como una amenaza.

Podemos abandonar progresivamente la reclusión en la que nos sitúan nuestros filtros morales y concluir que nuestros juicios sobre la realidad no son la realidad en sí misma, sino la interpretación que hacemos de ella y que, como nosotros, cada persona realiza la suya, de manera que no podemos afirmar de manera absoluta que algo o alguien es de una determinada manera.

Éste proceso aumenta nuestra capacidad de aceptación, de flexibilidad y de tolerancia con las diversas maneras de actuar y de vivir ya que, si nuestra perspectiva es legítima, lo es también la de los demás, más allá de que compartamos o no su punto de vista. Deja de tener importancia “tener la razón” y la adquiere la aceptación de los acontecimientos, de las personas y de sus actuaciones tal y como son, y no tal y como creemos que deberían de ser.

Cuando conseguimos ir más allá de nuestras interpretaciones, nuestra subjetividad deja de ser un obstáculo para comprender de forma amplia la realidad que nos rodea y disponemos de una capacidad mayor para empatizar con la diferencia, sentirnos menos atacados frente a la diferencia de criterios y enriquecer nuestra propia experiencia con ella, alejándonos del desgaste que comporta la oposición continua y estéril a aquello que no podemos modificar y proporcionándonos un mayor bienestar.

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