Terapia familiarTerapia Gestalt

Los padres, piedra angular de la vida

By 24 octubre, 2017 No Comments

Las relaciones familiares son uno de los condicionantes más importantes en nuestras vidas. Su importancia no solo reside en aquello que hicieron o no hicieron nuestros padres, también en las propias interpretaciones que construimos, desde nuestra inmadurez natural.

Cuando, más adelante en la vida, nos enfrentamos a nuestro malestar interno, a aquello que percibimos que no nos deja avanzar, volvemos inevitablemente la mirada a nuestros padres o a las personas que tomaron ese lugar y a nuestra relación con ellos, en el momento presente y a como fue en el pasado.

Algunos de nuestros miedos más profundos o de las decepciones y heridas que más nos cuesta advertir y sanar, los encontramos en la relación con nuestra familia de origen. Sus acciones, omisiones, expectativas, actitudes y aptitudes, han señalado nuestras vidas hasta más allá de la emancipación, así como también lo han hecho nuestras reacciones a todo ello.

Limitados por nuestra propia capacidad de comprensión del entorno y de las personas, encajamos como podemos las actuaciones de nuestros padres, encorsetados en la mentalidad y emocionalidad de la que disponemos en cada etapa evolutiva.

Así llegamos a la edad adulta muchas veces convencidos de que nuestras carencias, nuestra inseguridad o frustraciones son responsabilidad de cómo nos criaron nuestros padres. Pero es también cuando llegamos a esta etapa que somos capaces de empatizar con ellos como, seguramente, no hemos sido capaces antes.

Llegados a un cierto punto de nuestra vida nos damos cuenta de que nuestras propias dificultades son similares a las suyas, aunque no tengan nada que ver: cada persona avanza con su mochila repleta de heridas, incomprensiones, reproches a uno mismo, frustraciones… Ser conscientes de que, como cualquier otra persona, nuestros progenitores han tenido que confrontarse a todo ello mientras ejercían sus obligaciones parentales nos acerca a reconciliarnos con su manera de ser y de proceder.

La vida adulta y sus dificultades nos acerca a esa realidad que no fuimos capaces de comprender mejor (tal y como nos correspondía entonces), en las que nuestros padres hicieron todo lo que pudieron y lo hicieron lo que mejor que supieron, por doloroso que fuera el resultado.

Desde esta perspectiva, podemos intentar observar con objetividad, de igual a igual por fin, los obstáculos que ellos afrontaron, como los superaron o fracasaron, aceptarlos tal y como son y cómo se desarrolló nuestra relación.

Cuando somos capaces de mirarlos con la objetividad y empatía necesaria, nos libramos de la dependencia o rebeldía que hemos establecido con ellos, abandonando expectativas que nos hacen sentir frustración: no necesitamos la aceptación, el apoyo o el afecto de nadie más que de nosotros mismos para sentirnos bien, aunque tenerlo es muy gratificante.

La autoestima y la aceptación nos lleva a la gratitud. Al no localizar la responsabilidad de nuestro bienestar en nada ni nadie externo a nosotros, somos capaces de identificar nuestras fortalezas y dejar libres a nuestros progenitores.

Sea lo que fuera que nos pudieron ofrecer, nos configuraron en gran parte como la persona que somos, y podemos mostrar gratitud por las facilidades o dificultades con las que nos encontramos y que nos han hecho crecer hasta convertirnos en quienes somos. Desde el adulto que hoy somos podemos dar las gracias y aceptar con el corazón libre y amplio.

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