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Las relaciones familiares son uno de los condicionantes más importantes en nuestras vidas. Su importancia no solo reside en aquello que hicieron o no hicieron nuestros padres, también en las propias interpretaciones que construimos, desde nuestra inmadurez natural.

Cuando, más adelante en la vida, nos enfrentamos a nuestro malestar interno, a aquello que percibimos que no nos deja avanzar, volvemos inevitablemente la mirada a nuestros padres o a las personas que tomaron ese lugar y a nuestra relación con ellos, en el momento presente y a como fue en el pasado.

Algunos de nuestros miedos más profundos o de las decepciones y heridas que más nos cuesta advertir y sanar, los encontramos en la relación con nuestra familia de origen. Sus acciones, omisiones, expectativas, actitudes y aptitudes, han señalado nuestras vidas hasta más allá de la emancipación, así como también lo han hecho nuestras reacciones a todo ello.

Limitados por nuestra propia capacidad de comprensión del entorno y de las personas, encajamos como podemos las actuaciones de nuestros padres, encorsetados en la mentalidad y emocionalidad de la que disponemos en cada etapa evolutiva.

Así llegamos a la edad adulta muchas veces convencidos de que nuestras carencias, nuestra inseguridad o frustraciones son responsabilidad de cómo nos criaron nuestros padres. Pero es también cuando llegamos a esta etapa que somos capaces de empatizar con ellos como, seguramente, no hemos sido capaces antes.

Llegados a un cierto punto de nuestra vida nos damos cuenta de que nuestras propias dificultades son similares a las suyas, aunque no tengan nada que ver: cada persona avanza con su mochila repleta de heridas, incomprensiones, reproches a uno mismo, frustraciones… Ser conscientes de que, como cualquier otra persona, nuestros progenitores han tenido que confrontarse a todo ello mientras ejercían sus obligaciones parentales nos acerca a reconciliarnos con su manera de ser y de proceder.

La vida adulta y sus dificultades nos acerca a esa realidad que no fuimos capaces de comprender mejor (tal y como nos correspondía entonces), en las que nuestros padres hicieron todo lo que pudieron y lo hicieron lo que mejor que supieron, por doloroso que fuera el resultado.

Desde esta perspectiva, podemos intentar observar con objetividad, de igual a igual por fin, los obstáculos que ellos afrontaron, como los superaron o fracasaron, aceptarlos tal y como son y cómo se desarrolló nuestra relación.

Cuando somos capaces de mirarlos con la objetividad y empatía necesaria, nos libramos de la dependencia o rebeldía que hemos establecido con ellos, abandonando expectativas que nos hacen sentir frustración: no necesitamos la aceptación, el apoyo o el afecto de nadie más que de nosotros mismos para sentirnos bien, aunque tenerlo es muy gratificante.

La autoestima y la aceptación nos lleva a la gratitud. Al no localizar la responsabilidad de nuestro bienestar en nada ni nadie externo a nosotros, somos capaces de identificar nuestras fortalezas y dejar libres a nuestros progenitores.

Sea lo que fuera que nos pudieron ofrecer, nos configuraron en gran parte como la persona que somos, y podemos mostrar gratitud por las facilidades o dificultades con las que nos encontramos y que nos han hecho crecer hasta convertirnos en quienes somos. Desde el adulto que hoy somos podemos dar las gracias y aceptar con el corazón libre y amplio.

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